Cantuña
Cuenta una leyenda que Cantuña un indígena constructor famoso y descendiente directo del gran guerrero Rumiñahui. Los padres franciscanos le encargan la gran tarea construir un atrio para una iglesia en Quito conocida como iglesia de San Francisco, la paga era considerable, pero tenía que cumplir en plazo de seis meses, caso contrario no le pagarían nada. Cantuña al ver que el plazo llegaba a su fin, y la obra no estaba concluida porque el trabajo no era nada fácil le invadió su desesperación, y su sufrimiento llegó a oídos del Diablo.
El demonio se presentó ofreciendo realizar un pacto con las siguientes condiciones Cantuña le entregaría su alma como pago. Cantuña aceptó, y miles de pequeños diablillos empezaron a trabajar en cuanto la obscuridad cayó en la ciudad. De pronto Cantuña se dio cuenta de la rapidez con que trabajaban y que su alma estaría destinada a sufrir castigos por toda la eternidad, así que decidió engañar al demonio. Cantuña tomó la última piedra de la construcción y la escondió, cuando el Diablo creyó que había terminado la obra en el plazo establecido se acercó a Cantuña para tomar su alma pero Cantuña le dijo ¡El trato ha sido incumplido. Lucifer, asombrado, vio como un simple mortal lo había engañado. Así, Cantuña salvó su alma y el diablo, sintiéndose burlado, se refugió en los infiernos sin llevarse su paga.
La casa 1.028
El Gallo de la Catedral
Esta leyenda corta también se originó en la capital de Ecuador, es decir en Quito. Don Ramón Ayala y Sandoval era un sujeto que tenía mucho dinero y que además le encantaba la vida nocturna. Entre sus aficiones preferidas destacaba el tocar la guitarra y desde luego el beber acompañado de sus amigos. Se decía que su corazón le pertenecía a Mariana, una joven que vivía en las cercanías de su hacienda. La rutina diaria de don Ramón no cambiaba en absoluto. Se levantaba a las 6:00 de la mañana y después se disponía a desayunar. El almuerzo consistía en un bistec asado acompañado de papas y huevos fritos. Todo eso acompañado de una taza de humeante y espumoso chocolate.
Regresaba a su habitación para tomar una “merecida” siesta. Después se levantaba de la cama para bañarse, pues debía estar listo para salir por la tarde. Don Ramón paseaba por las calles, hasta llegar al local de vino de Mariana (a quien apodaban la Chola). Ya con unas copas encima, el hacendado una noche se topó con un gallo de pelea, al que retó a un duelo. El ave aceptó el enfrentamiento y pronto le dio un picotazo en la cabeza. El hombre se asustó tanto que le pidió perdón enseguida al gallo, a lo que éste le respondió: No vuelvas a beber, ya que, si lo haces de nuevo no tendré clemencia y te mataré. Don Ramón cumplió el juramento que le había hecho a ese gallo de pelea. Duró muchos años sin volver a tomar, hasta que uno de sus camaradas lo invitó a un convivió en el que no pudo sucumbir al deseo de volver a probar el licor. Después de eso, no se sabe que ocurrió con el hacendado, pues nadie lo volvió a ver.
El Padre Almeida
En el convento de San Diego, de la ciudad de Quito, vivía hace algunos siglos un joven sacerdote, el padre Manuel de Almeida Capilla, quien con apenas 17 años de edad. Decidió seguir la vida religiosa en la comunidad franciscana. El encierro y la oración hicieron poco para vencer sus ímpetus juveniles. Se caracterizaba por su afición a las juergas y al aguardiente. A pesar de haberse ordenado y tomado los hábitos no dejaba de lado su vida un poco mundana y frívola. Pronto la tentación llamó a su celda para visitar a unas damiselas y salir de parranda. Es así que todas las noches, él iba hacia una pequeña ventana que daba a la calle, pero como esta era muy alta, se subía hasta ella, apoyándose en la escultura de un Cristo crucificado.
Hasta que una vez el Cristo ya cansado de tantos abusos, cada noche le preguntaba: ¿Hasta cuándo padre Almeida? a lo que él respondía sin vergüenza: “Hasta la vuelta Señor”. Una vez alcanzada la calle, el joven franciscano daba rienda suelta a su ánimo festivo y tomaba hasta embriagarse. Pues una madrugada el padre Almeida regresaba borracho, tambaleándose por las empedradas calles quiteñas, rumbo al convento, cuando de pronto vio que se aproximaba un cortejo fúnebre. Le pareció muy extraño este tipo de procesión a esa hora, y como era curioso, decidió ver el interior del ataúd, y al acercarse vio su propio cuerpo dentro del mismo. Del susto se le quitó la borrachera, corrió desesperadamente hacia el convento, del que nunca volvió a escaparse para irse de juerga. Muy asustado y sabiendo que era una señal divina, el sacerdote nunca más volvió a escaparse del convento.
La capa del estudiante
Todo comenzó cuando un grupo de
estudiantes se preparaban para rendir los últimos exámenes de su año lectivo.
Uno de ellos, Juan, estaba muy preocupado por el estado calamitoso en el que se
hallaban sus botas y el hecho de no tener suficiente dinero para reemplazarlas.
Para él era imposible presentarse a sus exámenes en semejantes fachas; ¿sus
compañeros le propusieron vender o empeñar su capa, pero para él eso era
imposible? Finalmente le ofrecieron algunas monedas para aliviar su situación,
pero la ayuda tenía un precio; sus amigos le dijeron que para ganárselas debía
ir a las doce de la noche al cementerio El Tejar, llegar hasta la tumba de una
mujer que se quitó la vida, y clavar un clavo, Juan aceptó.
Casualmente aquella tumba era la de una
joven con la que Juan tuvo amores en el pasado y que se quitó la vida a causa
de su traición. ¿El joven estaba lleno de remordimientos? Pero como necesitaba
el dinero, acudió a la cita. ¿Subió por el muro y llegó hasta la
tumba señalada? Mientras clavaba, interiormente pedía perdón por el daño
ocasionado. ¿Pero cuando quiso retirarse del lugar no pudo moverse de su sitio
porque algo le sujetaba la capa y le impedía la huida? Sus amigos le esperaban
afuera del cementerio, pero Juan nunca salió. A la mañana siguiente, preocupados por la tardanza se aventuraron
a buscarlo y lo encontraron muerto. Uno de ellos se percató de que Juan
había fijado su capa junto al clavo. No hubo ni aparecidos ni venganzas del más
allá, a Juan lo mató el susto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario